POR: M.C.C. REYNALDA Y. ZAPIEN VALENCIA
La migración femenina en EE.UU no solo aporta a la economía, sino que también tiene un impacto significativo en la sociedad y en las comunidades de origen, además, son esenciales en sectores como la agricultura, la construcción, el hogar y el sector servicios. Su labor es fundamental para sostener economías familiares en sus países de origen a través de remesas. Además, son parte de lo que hoy se conoce como cadenas o redes globales de cuidado, donde dejan a sus propias familias para cuidar a otras, trabajando en hogares, hospitales y guarderías. Su aporte en la vida diaria, no solamente es laboral y económico, sino que también tiene un impacto social profundo tanto en EE.UU como en los países de origen.
Por otro lado, las mujeres migrantes sostienen sectores clave, la narrativa dominante minimiza su impacto. Se les presenta como una carga, ignorando su papel esencial en la economía y el bienestar social. Las mujeres migrantes no aparecen en los discursos oficiales, pero sostienen parte de la economía de Estados Unidos. Son fuerza de trabajo y su labor es esencial, pero sigue siendo invisible en el debate público. Actualmente, las mujeres representan más del 50 por ciento de la población migrante en Estados Unidos y destacando su contribución económica y social en ambos países, al tiempo que es necesario llamar a modificar la narrativa pública que rodea la migración femenina, ya que en el contexto del Día Internacional de la Mujer (8M), autoridades consulares subrayaron la importancia de visibilizar la participación de las mujeres en los procesos migratorios contemporáneos y reconocerlas como agentes de desarrollo.
A nivel mundial, más del 48 por ciento de la migración es realizada por mujeres, mientras que en Estados Unidos la cifra supera el 50 por ciento. Este dato, refleja una transformación significativa en los patrones migratorios tradicionales. Hoy en día, las mujeres cruzan fronteras no únicamente por razones laborales en sectores tradicionalmente asociados a la migración femenina, sino también ante la falta de oportunidades profesionales y de acceso a espacios de liderazgo y toma de decisiones en sus países de origen.
Muchas de las labores que realizan las mujeres migrantes, como el trabajo doméstico, los cuidados o la agricultura han sido históricamente subvaloradas. Además, hay una narrativa dominante que asocia la migración con carga social, en lugar de reconocerla como inversión y contribución económica. Esa falta de visibilidad es un reflejo de cómo estructuramos nuestras economías y políticas laborales, donde el trabajo femenino, y más aún el de las mujeres migrantes, sigue siendo tratado como una externalidad. Históricamente, el sector agrícola ha sido uno de los más dependientes de la mano de obra migrante, incluyendo a muchas mujeres. Luego están los servicios de cuidado: guarderías, hospitales, residencias para adultos mayores, trabajo doméstico. También están en la industria hotelera, restaurantera y en la construcción, un sector en el que su participación ha crecido en los últimos años. Son sectores que requieren habilidades que no siempre se pueden automatizar, y en los que las mujeres migrantes han construido trayectorias laborales incluso sin un estatus migratorio regular.
Muchos de estos trabajos han sido sostenidos con mano de obra migrante durante décadas. Sin ellas, los costos laborales aumentarían y los sectores que dependen de su trabajo enfrentarían crisis. En el caso de los cuidados, por ejemplo, el déficit de trabajadoras afectaría directamente a familias estadounidenses que dependen de ellas para cuidar a sus hijos o a sus mayores. También habría un impacto en la agricultura: el campo estadounidense sin trabajadoras migrantes perdería competitividad. Y a esto se suma el impacto en México y otros países de origen, que dependen en gran medida de las remesas enviadas por estas trabajadoras.
EE.UU. enfrenta una disyuntiva entre su retórica política y su necesidad económica. Políticamente, los discursos antimigrantes intentan cerrar fronteras y reducir la migración. Pero, económicamente, el país depende de esta fuerza laboral. Regularizar a estas trabajadoras significaría darles acceso a derechos y mejores condiciones, pero también implicaría mayores costos para los empleadores. El modelo actual, aunque injusto, ha permitido a ciertos sectores operar con costos laborales más bajos.
Si hoy en día EE.UU decidiera reemplazar a las trabajadoras migrantes con fuerza laboral documentad, el costo sería altísimo , ya que para empezar, tendrían que encontrar y capacitar nuevas trabajadoras, pero mas haya de esto, tendrían que ofrecer condiciones laborales más formales, lo que implicaría salarios más altos, seguridad social, beneficios y estabilidad, esto incrementaría los costos de sectores que históricamente han operado con mano de obra mal pagada y en condiciones precarias. También se generaría un costo de implementación: como regularización masiva, implicando una gran inversión en infraestructura migratoria y burocrática.
Las remesas enviadas por mujeres migrantes, tienen un gran impacto no solo en EE.UU, sino también en sus países de origen, como es el caso de México. Estas remesas han cambiado la dinámica económica y social en muchas comunidades en nuestro país. Están logrando autonomía económica, lo que transforma relaciones de poder en sus familias. Ante estas situación, hay un costo: muchas mujeres han tenido que dejar a sus hijos en manos de otros familiares para poder trabajar en EE.UU, lo que genera nuevas formas de desigualdad y retos familiares. Como reflexión final, para cambiar la narrativa para reconocer el valor de las mujeres migrantes y su impacto en la economía, primero, necesitamos desafiar los mitos sobre la migración, como la idea de que los migrantes son una carga. Segundo, hay que visibilizar sus historias y aportes. No solo son trabajadoras esenciales; también son madres, lideresas comunitarias y motores de cambio. Y finalmente, necesitamos políticas públicas que las reconozcan y protejan, además de regularizar su estatus, mejorar sus condiciones laborales y garantizar su acceso a derechos no solo es lo justo, sino que también es lo económicamente inteligente.
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