Por José Guadalupe Bermúdez Olivares


En el evento de presentación de Osvaldo, habló una de sus profesoras, también un empresario y varios compañeros, todos coincidiendo en lo que representa para gobernar Morelia y lanzar a la calle al Prianismo. Por eso me atreví a escribir sobre él.

Hay personas a las que comenzamos a reconocer mucho antes de conocer con detalle su historia. Las encontramos en las movilizaciones, en las reuniones, cerca de un micrófono, acompañando una demanda que también sentimos nuestra. Su presencia se vuelve familiar porque coincidimos una y otra vez en lugares donde se discuten problemas y se intenta hacer algo para resolverlos.

Así recuerdo a Osvaldo Ruiz Ramírez

Luchando por las causas sociales

Sin cansancio

Durante los años de mi militancia sindical y política en la Sección XVIII del SNTE, aproximadamente entre 1989 y 2005, lo conocí como uno de aquellos jóvenes que ya participaban en las luchas sociales. Se atrevía a tomar el micrófono, a expresar una posición y a acompañar causas que convocaban a distintos sectores. Cuando lo veía, percibía que en él estaban representados muchos jóvenes: sus inconformidades, sus aspiraciones y esa disposición a intervenir en la vida pública que comienza cuando uno comprende que también tiene algo que decir y una responsabilidad que asumir.

Quienes hemos participado en esos procesos sabemos que tomar la palabra puede significar mucho. Hay que vencer el temor, ordenar lo que se piensa y asumir que otros podrán estar de acuerdo o cuestionarnos. También hay que aprender a escuchar. Una voz comienza a adquirir sentido colectivo cuando quienes la escuchan reconocen en ella algo de su propia experiencia.

Hoy, al mirar las coincidencias de Osvaldo con Fabiola Alanís Sámano y con muchos de nosotros, encuentro razones que vienen de aquellos años. Hay trayectorias que se cruzan porque han compartido preocupaciones, luchas y maneras de comprender la realidad. Para entender esos encuentros hace falta recuperar la memoria de los espacios donde fuimos formando nuestras convicciones.

Lo que somos es fruto de lo que fuimos. Pero ese pasado contiene muchas palabras: magisterio, universidad, juventud, organización, solidaridad, discusión, desacuerdo, aprendizaje. Contiene también decisiones y momentos en los que cada quien tuvo que mostrar hasta dónde estaba dispuesto a sostener aquello que defendía.

Por eso, hoy me parece insuficiente decir que alguien era de izquierda. Hace falta preguntarnos cómo vivía esa posición, qué causas acompañaba y qué hacía cuando sostenerlas resultaba incómodo y de enorme riesgo. La consecuencia se reconoce en esa relación entre pensamiento y obra, y debe seguir examinándose a lo largo del tiempo, especialmente cuando se asumen responsabilidades públicas.

Desde esa memoria quiero acercarme a la historia de Osvaldo: desde el joven al que vi tomar la palabra y acompañar las luchas sociales, y desde las preguntas que aquella experiencia nos plantea todavía.

Portar el estandarte

Mantener con firmeza la posición

Ser congruentes a pesar de todo

Ver a Osvaldo en las luchas de la izquierda me lleva a pensar en lo que sostiene una convicción a lo largo de los años. La indignación nos mueve cuando reconocemos una injusticia, pero hace falta algo más para permanecer, para volver a reunirnos, para acompañar una causa cuando los resultados tardan y el cansancio comienza a sentirse. Hace falta querer a las personas con quienes compartimos esa lucha y creer que merecen una vida mejor.

En la izquierda que reconozco como propia, el amor al semejante tiene consecuencias concretas. Nos compromete con el sufrimiento ajeno, nos impide acostumbrarnos a la desigualdad y nos exige hacer algo frente a ella. Lo aprendimos en el magisterio, en las movilizaciones y en la organización: una demanda podía comenzar con la necesidad de alguien y convertirse en una responsabilidad compartida. Ahí se formaban vínculos que muchas veces duraban más que la propia movilización.

También conocimos el desgaste, las disputas y los agravios. Sería extraño atravesar tantos años de participación política sin encontrar desencuentros. Pero el odio puede terminar ocupando todo el espacio de una persona: modifica su mirada, empobrece sus razones y convierte cada diferencia en una ofensa. Cuando eso ocurre, hasta la causa que decía defender queda subordinada a la necesidad de vencer o lastimar a alguien.

Por eso valoro esa izquierda que construye, que conserva la capacidad de conversar y de reconocer al otro. Una izquierda capaz de sostener con firmeza sus posiciones y, al mismo tiempo, preguntarse qué está haciendo para que las personas vivan mejor. La consecuencia también se expresa en el trato cotidiano, en la disposición para colaborar y en la posibilidad de seguir encontrándonos después de un desacuerdo.

Al pensar en Osvaldo, vuelve esa imagen que para mí tiene sentido: alguien que, sonriente, porta el estandarte de la esperanza. En esa sonrisa leo una disposición a seguir participando, a convocar, a creer que el esfuerzo compartido puede abrir posibilidades. Es la esperanza que necesita una organización cuando las dificultades se acumulan y alguien debe recordar por qué vale la pena continuar.

Esa imagen enlaza al joven que conocí con el hombre de hoy. Y me devuelve una pregunta que también es para nosotros: después de tantos años de lucha, ¿conservamos la capacidad de mirar a nuestros semejantes con el afecto y la responsabilidad que dieron sentido a nuestras primeras convicciones?

Enlistados como voluntarios

Con el poder que nos da la conciencia

Dispuestos a aportar para construir

Al pensar en esa esperanza, me vienen a la memoria algunas canciones. León Gieco, Víctor Jara, Mercedes Sosa y Violeta Parra forman parte de una educación que también recibimos fuera de las aulas. Sus voces nos ayudaron a reconocer dolores, a nombrar injusticias y a sentirnos parte de una historia latinoamericana que atravesaba nuestras propias luchas.

Pienso en La memoria, de León Gieco, y en esa insistencia en impedir que la historia sea borrada. Escucharla me lleva a preguntarme qué hacemos con aquello que hemos vivido: qué recordamos, qué transmitimos a los jóvenes y qué permitimos que se vuelva costumbre o silencio. Para quienes seguimos creyendo en la transformación social, recordar implica una responsabilidad con las personas que padecieron la injusticia y con quienes todavía enfrentan sus consecuencias.

Desde ahí miro también al neoliberalismo. Me cuesta pensar en él como una palabra que pertenece únicamente a los debates económicos. Lo relaciono con una manera de ordenar la sociedad en la que la ganancia puede imponerse sobre la vida y donde cada persona debe hacerse responsable, en soledad, de problemas producidos colectivamente. Su crítica exige recuperar la experiencia de quienes han vivido bajo esa lógica y preguntarnos cuánto de ella permanece en nuestras instituciones, en nuestras relaciones y hasta en nuestras propias aspiraciones.

No podemos olvidar sus agravios. Sobre las heridas que dejó y frente a las desigualdades que siguen abiertas tenemos la responsabilidad de construir otras posibilidades. Seguimos en lucha para reducir su dominio y superar esa forma de entender la vida. Hacia allá vamos, con la conciencia de que el cambio requiere organización, decisiones y una práctica cotidiana capaz de sostenerlo.

Entonces aparece Víctor Jara con Qué lindo es ser voluntario. En esa canción encuentro la alegría de ofrecer el propio esfuerzo a una tarea compartida. Me hace pensar en quienes llegan a ayudar, ponen tiempo, conocimiento y trabajo, y descubren que también se transforman mientras participan. Hay una experiencia profundamente formativa en hacer algo con otros: aprendemos lo que somos capaces de construir y comprendemos cuánto necesitamos de quienes caminan a nuestro lado.

También escucho a Mercedes Sosa interpretando Gracias a la vida, de Violeta Parra. Su voz me devuelve a aquello que queremos cuidar: la sensibilidad, el encuentro, la posibilidad de amar, el dolor que nos conmueve y la alegría que podemos compartir. Para mí, esa canción tiene la fuerza de un himno de resistencia y amor porque afirma el valor de la vida aun cuando conocemos sus heridas.

Ese entrecruce entre cultura, arte y política también nos ha formado. Las canciones nos permitieron acercarnos a experiencias que no habíamos vivido personalmente. Nos hicieron sentir próximos a pueblos distantes y reconocer que una lucha podía tener distintos acentos y, aun así, resultar profundamente nuestra. En ellas encontramos palabras y emociones que después llevábamos a las reuniones, a las movilizaciones y a nuestra manera de comprender el compromiso.

Al recuperar mis recuerdos de Osvaldo, pienso también en ese horizonte cultural desde el que yo lo miraba y comprendía las luchas que compartíamos. Su presencia me devuelve a una época, pero también a las convicciones que seguimos poniendo a prueba. La memoria nos exige reconocer de dónde venimos; el trabajo compartido nos compromete con lo que hacemos hoy; el amor a la vida nos recuerda para qué queremos transformarlo todo.

Y ahí vuelvo a encontrar a Osvaldo, enlistado como voluntario para impulsar la transformación, dispuesto a poner su voz y su esfuerzo en una tarea que compartimos. Esa disposición tiene raíces en su casa, en el ejemplo de su madre, en una mujer que sostuvo a su familia y participó en la lucha magisterial. En esa experiencia cotidiana fue aprendiendo que cuidar a los propios y comprometerse con los demás pueden formar parte de una misma manera de vivir. Por eso, cuando lo recuerdo tomando el micrófono, reconozco también algo de aquella enseñanza materna: hacerse presente, asumir responsabilidades y contribuir con lo que uno tiene para que la vida sea mejor. Ahí la esperanza comienza a convertirse en obra.

La trayectoria es esperanza

Es una demostración evidente

Por eso confiamos

Todo este recorrido me lleva a pensar en la posibilidad de otra manera de gobernar. Las experiencias de vida adquieren un valor público cuando ayudan a comprender lo que viven los demás y se convierten en capacidad para asumir responsabilidades. Haber conocido las dificultades, participado en la organización y acompañado las luchas sociales compromete a quien llega a un espacio de decisión.

En Osvaldo encuentro razones para depositar esa confianza. Lo recuerdo entre quienes tomaban la palabra cuando había causas que defender; hoy veo una trayectoria que puede ponerse al servicio de Morelia. Hay un conocimiento de las personas construido a través de los años y existe también la posibilidad de que ellas reconozcan en él a alguien que ha formado parte de su propia historia. Ese reconocimiento tiene profundidad: permite recordar dónde coincidieron, qué defendieron y cómo respondió cada quien en los momentos difíciles.

Ahí encuentro algo que promete. La confianza comienza a tener sustento cuando podemos relacionar las palabras de una persona con lo que hemos visto hacer. Y cuando esa relación viene de lejos, también crece nuestra capacidad de exigirle. Quien conoce las necesidades de una familia, el esfuerzo de una madre o las aspiraciones de los jóvenes tiene una responsabilidad especial cuando dispone de medios para actuar.

Por eso diría que Osvaldo no puede fallar. Lo digo como una exigencia que nace de la confianza: tiene una historia que honrar y personas ante quienes responder. Todo aquello que fue formando su conciencia debe acompañarlo al tomar decisiones, al integrar equipos, al escuchar una crítica y al establecer prioridades. La consecuencia de la que hablamos se pondrá a prueba también ahí, en el ejercicio cotidiano del gobierno.

Gobernar requiere convertir esa experiencia en trabajo público: atender los problemas, administrar con responsabilidad, construir acuerdos y permitir que las personas participen en las decisiones que afectan su vida. La cercanía puede darle una orientación valiosa a esa tarea , responder a la altura cuando llegan las presiones y mantener abiertas las puertas.

Desde esa convicción considero que vale la pena apostar por este luchador social. Una apuesta que nos compromete también a quienes lo acompañamos: aportar, participar, señalar lo que deba corregirse y sostener las causas que nos han reunido durante tantos años. En su trayectoria encuentro una posibilidad de gobierno que merece ser considerada y construida colectivamente.

Porque la esperanza que reconocemos en Osvaldo lleva consigo una responsabilidad: hacer que esa historia compartida se traduzca en una vida mejor para las personas.

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