José Guadalupe Bermúdez Olivares
En los últimos años, la resiliencia se ha convertido en una palabra muy común, la encontramos en discursos educativos, en políticas públicas, en programas de atención social y en narrativas de superación individual. Se la presenta como una virtud incuestionable: la capacidad de resistir, adaptarse y seguir adelante pese a la adversidad; sin embargo, esta exaltación acrítica de la resiliencia exige una revisión profunda, sobre todo cuando se le contrapone a la responsabilidad histórica de transformar las condiciones que producen dicha adversidad. En este punto, la reflexión de Antonio Gramsci resulta muy necesaria.
En su texto Odio a los indiferentes (1917), Gramsci denuncia la apatía como una forma de complicidad con el orden existente; para él, la historia no es un fenómeno natural, una erupción o un terremoto que arrasa con todos por igual, sino el resultado de decisiones humanas, de acciones y omisiones concretas. La indiferencia, advierte, no es neutral: quien no toma partido termina sosteniendo, aunque sea pasivamente, aquello que existe. Desde esta mirada, la pregunta ética no es solo qué nos ocurre, sino qué hacemos, o dejamos de hacer, frente a lo que ocurre.
En este marco, la resiliencia, entendida en su versión dominante, corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de indiferencia. No porque implique insensibilidad ante el sufrimiento, sino porque desplaza el foco del análisis: del sistema que produce la desigualdad, la violencia o la exclusión, hacia el individuo que debe aprender a soportarlas. La resiliencia así concebida no cuestiona las causas estructurales del daño; se limita a gestionar sus consecuencias. Se trata de una adaptación funcional a un mundo injusto, presentado como inevitable e inmodificable.
Esta resignificación de la resiliencia encaja con una lógica profundamente neoliberal, donde el sujeto es responsabilizado de su capacidad para “salir adelante”, aun cuando las condiciones materiales, políticas y culturales le sean adversas. En lugar de preguntarnos por qué ciertos grupos viven sistemáticamente en la precariedad, se les invita a fortalecer su carácter, su autoestima o su tolerancia al dolor. La resiliencia deja entonces de ser una herramienta para la vida y se transforma en una estrategia de normalización del sufrimiento.
Gramsci advertía que vivir significa tomar partido, intervenir activamente en la historia para rectificar lo que existe y aproximarlo a la razón humana, a la justicia y al bien. Desde esta perspectiva, una resiliencia que no desemboca en acción colectiva, en conciencia crítica y en voluntad transformadora, se vuelve éticamente insuficiente. Resisitir no es lo mismo que conformarse; adaptarse no equivale a transformar. Cuando la resiliencia se limita a “aguantar”, termina legitimando el orden que genera aquello que debe ser soportado.
No se trata, sin embargo, de negar el valor de la resiliencia en contextos de violencia, pobreza o exclusión. En muchos casos, la capacidad de resistir es condición de posibilidad para la supervivencia. El problema surge cuando esa capacidad se absolutiza y se desvincula de un horizonte político y ético más amplio. Una resiliencia crítica no se conforma con sobrevivir; aspira a cambiar las condiciones que hacen de la supervivencia un acto heroico cotidiano.
Desde esta mirada, la disyuntiva no es entre resiliencia o fragilidad, sino entre resiliencia e indiferencia, por un lado, y resiliencia y transformación, por el otro. Una resiliencia emancipadora no acepta el mundo tal como es, ni siquiera como un mal inevitable; lo asume como una construcción histórica susceptible de ser cambiada. Implica memoria, indignación y acción. Supone preguntarse, como lo hacía Gramsci, qué habría pasado si más personas hubieran cumplido con su deber, si hubieran intentado hacer valer su voluntad.
La lucha por un mundo mejor no puede delegarse en la capacidad individual de adaptación. Requiere organización, conciencia colectiva y compromiso ético. En este sentido, quizá no se trate de odiar a las personas resilientes, sino de desconfiar de una resiliencia vaciada de crítica, de una resiliencia que consuela sin incomodar, que alivia sin transformar. Frente a la indiferencia que se disfraza de fortaleza, la tarea sigue siendo la misma: vivir, en el sentido profundo que proponía Gramsci, como un acto cotidiano de lucha por la dignidad humana y por la transformación de la historia.
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