Leer sin prisa · Ensayo

El sentido de la vida

Por José Guadalupe Bermúdez Olivares
Fotografía proporcionada para el artículo El sentido de la vida
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A veces me quedo sentado un buen rato, sin hacer nada. No es pereza, es una especie de vacío: hoy cumplí con lo que tenía que hacer, respondí los mensajes, terminé las tareas pendientes, pero al anochecer, una pregunta emerge desde el fondo: ¿para qué?

No es una queja. Es una pregunta que mucha gente se hace en voz baja en la ducha, en el autobús, antes de dormir. Vivimos en una época que nos enseña a «hacer»: hacer más, hacer más rápido, hacer que parezca útil. Pero rara vez nos enseña a detenernos y preguntarnos: ¿esto que hago, tiene sentido para mí? ¿O simplemente me acostumbré a hacerlo?

“El sentido de la vida” suena como un tema demasiado grande, como para ser discutido solo en las clases de filosofía. Pero no lo es. Se esconde en cosas muy concretas: en si estás dispuesto a hacer algo que nadie te obliga pero que te importa de verdad; en si sientes que estás viviendo tu propia vida o representando un guion que otros escribieron para ti.

He conocido a muchas personas que trabajan muy duro. Se levantan temprano, se acuestan tarde, nunca se quejan. Pero cuando les preguntas «¿tú quieres hacer esto?», se quedan en silencio un momento, y luego dicen: «¿Qué más puedo hacer?» Esa pausa es la respuesta. No es que no quieran, es que nunca se les dio la oportunidad de pensarlo.

Esto me recuerda parte del discurso de Fabiola Alanís: el futuro de Michoacán no debería construirse «para» la gente, sino «con» la gente. En realidad, el sentido de la vida es igual. No puedes esperar que alguien te lo entregue en bandeja, ni puedes encontrarlo siguiendo la ruta que otros han recorrido. Tienes que caminarlo tú mismo y, además, caminarlo con otros.

¿Por qué con otros? Porque muchas cosas, solas, simplemente no se sostienen. Puedes tener pasión, puedes tener ideales, pero si a tu alrededor todos viven según la lógica de «sálvese quien pueda», esa pasión se agota pronto. Lo que se llama «conciencia de clase» o «conciencia social» no es una consigna, es algo que se despierta al ver la situación de quienes te rodean: resulta que mi cansancio no es solo mío, mi confusión tampoco es solo mía. Detrás de la pregunta «¿para qué vivo?» está escondida otra pregunta más difícil: «¿en qué tipo de mundo quiero vivir?»

Si quiero vivir en un mundo donde las personas se tratan con respeto, entonces mis acciones cotidianas tienen que ser coherentes con eso. Si quiero vivir en un mundo donde nadie se quede atrás, entonces no puedo decir «eso no es mi problema» cuando veo a alguien que necesita ayuda. Esto no es moralizar, es una lógica muy simple: el mundo que quieres construir es el mundo que estás construyendo con cada decisión que tomas.

Por supuesto, esto no es nada fácil. La vida real no es un ensayo, nadie te da un borrador para que lo corrijas primero. A veces haces algo con buena intención y el resultado no es el esperado; a veces quieres unirte a otros y descubres que las personas tienen diferencias y conflictos. Pero esto es normal. El «colectivo» del que hablo no es un grupo de personas idénticas, es un grupo de personas que, aun siendo diferentes, están dispuestas a sentarse y hablar, a resolver problemas juntas.

Hay otra frase de fabiola que siempre recuerdo: «La unidad no significa pensar igual.» Sí, la unidad es descubrir que hay cosas que ninguna persona puede resolver sola, y luego decidir intentarlo juntos. Este proceso es en sí mismo una respuesta a la pregunta «¿para qué vivo?» No vives solo para ti, vives para esa relación que se está construyendo lentamente, que aún no tiene forma pero que ya está ocurriendo.

Así que ahora, cuando me quedo sentado sin hacer nada, ya no me siento tan perdido. Sé que el sentido no es una respuesta que se encuentra de una vez y para siempre, es algo que se va tejiendo mientras caminas. Lo que tienes en la mano quizás no es un gran plano, pero mientras estés dispuesto a dar el siguiente paso y a extender la mano hacia quienes están a tu lado, ese paso ya tiene sentido.

No necesitas esperar a tenerlo todo claro para empezar. Empieza primero, y en el camino, el sentido irá apareciendo.

Una vida que se construye

«El sentido no es una respuesta que se encuentra de una vez y para siempre, es algo que se va tejiendo mientras caminas».

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Lo que he aprendido al vivir

Yo creo en la vida terrenal. No en un más allá que consuela, sino en este aquí y ahora que se puede tocar, oler, compartir. Creo en el poder del colectivo, en esa fuerza que aparece cuando varias personas deciden empujar hacia el mismo lado. Creo en los ideales de una sociedad diferente, una donde nadie sobre por ser débil y nadie valga más por tener más. De eso he hablado muchas veces, y lo sigo sosteniendo.

Pero cuando me preguntan por el sentido de la vida, no me sale primero un discurso político. Me salen cinco palabras que he ido juntando con los años, como quien guarda piedras en el bolsillo: “propósito, trascendencia, autenticidad, resignificación y plenitud”. No son conceptos de libro. Son cosas que he vivido, que he visto en otros, que he tenido la suerte de reconocer a tiempo.

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El propósito no es una meta, es una dirección

Durante mucho tiempo pensé que el propósito era algo que se descubría de una vez y para siempre, como encontrar una llave. Con los años entendí que no. El propósito es más bien una dirección: sabes hacia dónde quieres caminar, aunque el camino cambie, aunque a veces te desvíes. No es lo mismo que una meta, porque las metas se cumplen y se archivan. El propósito te acompaña, te cuestiona, te obliga a preguntarte cada tanto si lo que estás haciendo tiene que ver con lo que quieres ser.

Y aquí hay algo que me parece importante: el propósito no siempre es grandioso. A veces es tan simple como «quiero que mis hijos vivan en un barrio donde puedan jugar en la calle». O «quiero que la gente de mi comunidad tenga agua limpia». Esos propósitos pequeños, sostenidos con constancia, terminan siendo más transformadores que muchos discursos.

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La trascendencia no es quedarse en la memoria, es dejar algo que siga vivo

De joven pensaba que trascender era ser recordado. Con los años me di cuenta de que eso es vanidad. La trascendencia real no tiene que ver con tu nombre en una placa, sino con lo que sigue funcionando cuando tú ya no estás. Un taller que formó a otros, una organización que aprendió a sostenerse sin ti, una conversación que sembró una duda fértil en alguien que luego la hizo crecer.

He visto a muchas personas mayores preocupadas por su legado. Y creo que se equivocan cuando piensan solo en bienes o en documentos. El legado más fuerte es el que se transmite en la forma de hacer las cosas, en la manera de tratar a los demás, en la ética que se practica sin necesidad de que nadie la vigile. Eso sí trasciende. Lo demás se lo lleva el tiempo.

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La autenticidad es incómoda, pero es lo único que sostiene

Ser auténtico no es decir todo lo que se piensa. Es no traicionar lo que uno cree, sobre todo cuando hacerlo sería más cómodo. He conocido a mucha gente que dice una cosa en privado y otra en público, que cambia de opinión según quién esté enfrente. Y no los juzgo: la vida es dura, y a veces sobrevivir exige adaptarse. Pero también he visto que esa adaptación permanente termina por vaciar a las personas. Se vuelven expertas en parecer, y se olvidan de ser.

La autenticidad tiene un costo. A veces te quedas solo. A veces pierdes oportunidades. Pero también tiene una recompensa que no se puede comprar: la de poder mirarte al espejo sin tener que justificarte. Y a los sesenta y tantos, eso vale más que cualquier puesto o cualquier aplauso.

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Resignificar es el arte de no quedarse atrapado en una sola historia

La vida nos da golpes. Nos da pérdidas, fracasos, momentos en los que parece que todo lo construido se derrumba. Y ahí es donde entra la resignificación: la capacidad de volver a contar lo que nos pasó, no para negarlo, sino para encontrarle otro sentido.

No se trata de decir «todo pasa por algo» y quedarse tranquilo. Eso es una frase hecha que a veces hace más daño que bien. Se trata de algo más profundo: de aceptar que lo que vivimos nos marcó, pero que no nos define para siempre. De poder decir: «esto me dolió, me cambió, pero también me enseñó algo que no sabía». Esa es una decisión, no un automatismo. Y es una de las cosas que más paz me ha dado con los años.

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La plenitud no es tenerlo todo, es no necesitar más de lo que se tiene

Aquí es donde siento que he sido especialmente afortunado. Porque cuando hablo de plenitud no hablo de acumular. Hablo de esa sensación de que lo que tienes, lo que haces y con quién lo haces, ya es suficiente. No porque no desees más, sino porque lo que deseas ya no tiene que ver con tener, sino con seguir siendo parte de algo que vale la pena.

Y esto me lleva a algo que quiero decir con claridad: “no he conocido el estrés”. No lo digo como un mérito, sino como una constatación. He tenido momentos difíciles, he pasado noches sin dormir preocupado por cosas, he sentido miedo. Pero el estrés, ese que hoy se ha vuelto una epidemia, ese que consiste en vivir acelerado, en competir siempre, en sentir que nunca es suficiente, ese no lo he conocido.

¿Por qué? No lo sé del todo. Pero intuyo algunas cosas. Creo que tiene que ver con haber tenido la suerte de hacer cosas que tenían sentido para mí. Con haber encontrado a tiempo personas con quienes caminar. Con haber aprendido a distinguir entre lo urgente y lo importante. Y, sobre todo, con haber entendido que la vida no es una carrera que hay que ganar, sino un camino que hay que recorrer.

A los sesenta y tantos años, miro atrás y veo muchas cosas que salieron bien y muchas que salieron mal. Pero no veo una vida desperdiciada. Veo una vida que ha tenido sentido, incluso en los momentos en que no lo parecía. Y eso, más que cualquier logro, es lo que me hace decir que sí, que vale la pena vivir.

02 · Aprendizaje y comunidad

Lo que los libros y la gente me enseñaron

No llegué al sentido de la vida solo por intuición. También llegué por el estudio. Y lo digo con gratitud, porque durante años he tenido la fortuna de sentarme frente a muchos autores, a veces en un libro, a veces en un evento, a veces en esa especie de círculo de aprendizaje que se forma cuando varias personas deciden leer juntas y discutir lo que leen. No son maestros en el sentido tradicional, pero han sido maestros. Me han enseñado a mirar lo que no se ve a simple vista.

Uno de los conceptos que más me ha marcado es el de la “indefensión aprendida”. Lo leí por primera vez en Martin Seligman, y luego lo he visto confirmado una y otra vez en la vida real. Se refiere a esa condición en la que una persona, después de haber intentado cambiar su situación y fracasar repetidamente, termina por creer que ya no vale la pena intentarlo. Deja de intentarlo, aunque las condiciones hayan cambiado. Deja de creer que puede. Y lo más doloroso: deja de creer que merece.

La indefensión aprendida no es falta de capacidad. Es falta de oportunidad para descubrir que se tiene capacidad. Es el resultado de un entorno que durante mucho tiempo dijo «no puedes», «no sirves», «no es para ti». Y cuando ese mensaje se repite lo suficiente, la persona lo interioriza. Se convierte en su propia voz. Ya no necesita que nadie se lo diga: se lo dice a sí misma.

He visto esto muchas veces. En personas que tienen un talento enorme pero no se atreven a mostrarlo. En mujeres que han sido formadas para cuidar a otros y nunca para pensar en sí mismas. En jóvenes que crecieron en comunidades donde nadie llegó a la universidad, y que por eso creen que la universidad no es para ellos. En hombres que aprendieron que pedir ayuda es debilidad. La indefensión aprendida no distingue género ni edad, pero siempre tiene el mismo efecto: achica a las personas.

Y aquí es donde entra otra cosa que he aprendido: “la indefensión no se cura sola”. No basta con decirle a alguien «tú puedes». Eso puede sonar a consigna vacía si no va acompañado de algo concreto. Lo que realmente rompe la indefensión es la experiencia de comprobar, en la práctica, que sí se puede. Y esa experiencia casi nunca ocurre en solitario. Ocurre cuando alguien te acompaña, cuando un grupo te sostiene, cuando ves que otros como tú lo lograron.

Por eso en los “colectivos cooperativos” que impulso desde hace años, he visto algo que me parece casi milagroso: personas que habían dejado de creer en sí mismas, de repente empiezan a creer. No porque alguien les haya dicho «tú vales», sino porque han tenido la oportunidad de hacer algo, de equivocarse, de corregir, de ver que su trabajo sirve, de recibir el reconocimiento de sus pares. Esa es la diferencia entre un discurso y una práctica.

Recuerdo a una mujer que llegó a un taller cooperativo diciendo que ella «no sabía nada». Había pasado toda su vida cuidando a otros, y nunca había tenido un espacio para aprender algo propio. Al principio se quedaba callada, miraba desde la orilla. Pero el grupo la fue involucrando, le dieron una tarea pequeña, la cumplió, le reconocieron el esfuerzo, le dieron otra. Meses después, era ella la que enseñaba a las nuevas. No cambió porque alguien le haya dicho que podía. Cambió porque lo experimentó.

Eso es lo que los libros me enseñaron y lo que la vida me confirmó: “la indefensión aprendida es real, pero también se puede desaprender”. Y se desaprende en colectivo. Se desaprende cuando hay un espacio donde equivocarse no es motivo de burla, cuando hay otros que te miran como igual, cuando el conocimiento deja de ser un privilegio y se convierte en algo que se comparte.

También he aprendido que no basta con tener buenas intenciones. Hay que estudiar. Hay que leer. Hay que entender por qué las cosas son como son, para no quedarse en la queja. El estudio no es un lujo de académicos: es una herramienta de liberación. Cuando una persona entiende su contexto, cuando puede nombrar lo que le pasa, deja de culparse y empieza a transformar. Eso lo he visto en los colectivos, y también lo he vivido en mí mismo.

No sé si esto sea el sentido de la vida. Pero sí sé que es una de las cosas que más sentido le ha dado a la mía: ver a alguien descubrir que puede, cuando durante años creyó que no. Y saber que ese descubrimiento no fue un acto de magia, sino el resultado de un espacio colectivo, de un libro compartido, de una conversación sostenida. Ahí, en ese momento, siento que vale la pena. Pero, sobre todo, cada una de estas “pequeñas cosas” como dice la canción De las pequeñas cosas, que abonen a ir construyendo un mundo mejor.

«No sé si esto sea el sentido de la vida. Pero sí sé que es una de las cosas que más sentido le ha dado a la mía: ver a alguien descubrir que puede, cuando durante años creyó que no».

José Guadalupe Bermúdez Olivares