¿Quién cuida a las hijas que cuidan?
Una reflexión sobre el trabajo sexual y la maternidad.
Una infancia que sostiene una casa
Valentina, una niña de ocho años, prepara el desayuno para ella y su hermana menor: dos vasos de leche y un pan dulce partido a la mitad. Peina a su hermana con cuidado, la viste para ir a la escuela, revisa que no falte nada en las mochilas; ya aprendió a no olvidar nada, porque nadie más va a acordarse de ellas. Antes de salir, disuelve una sal de uvas en agua para disminuir la resaca de su mamá y la deja en la mesita junto a la cama, donde ella duerme boca abajo, todavía vestida, todavía maquillada, todavía cargando la noche en su espalda. Es un ritual silencioso que se repite sin que nadie lo enseñe: el cuerpo de su madre necesita estar de pie otra vez, listo para el cliente que llegará la próxima noche. Valentina se acerca en silencio y le da un beso en la frente, tibio y breve, y su mamá, entre sueños, alcanza a bendecirla: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Las dos hermanas toman sus mochilas y se van solas de la mano a la primaria, cargando entre las dos una casa que aprendieron a sostener.
Valentina conoce esa rutina de memoria: cuidar a su hermana, cuidar a su madre, aprender a leer el silencio de la casa, bajar el volumen de la tele, cuidar que nadie despierte a mamá antes de tiempo. No sabe que eso tiene nombre: se llama trabajo de cuidados. México también es sostenido diariamente por miles de hijxs de trabajadoras sexuales.
Porque hablar de maternidad y trabajo sexual en el mismo párrafo todavía incomoda, y esa incomodidad es exactamente el problema que este texto quiere nombrar.
El trabajo de cuidar
En nuestro país, la mayoría de las trabajadoras sexuales son jefas de familia. Trabajan de noche porque es cuando hay clientela y duermen de día porque el cuerpo no da para más. En ese cruce de horarios, alguien tiene que ocupar el lugar del cuidado; casi siempre es la hija, por ser mujer: cocina, cuida a lxs hermanxs y cuida también a su madre cuando llega enferma, cansada, triste o golpeada. Se convierte en cuidadora antes de terminar de ser niña, en una cadena de trabajo invisible que ninguna política pública reconoce.
No es que no haya amor ahí; es que el amor tiene que competir con el sueño de mamá, con el miedo, con el castigo social, con la pobreza, con la necesidad de que nadie en la escuela sepa a qué se dedica mamá. La convivencia se vuelve un lujo que el reloj no permite: mientras lxs hijxs juegan y hacen la tarea, la madre tiene que dormir y recuperarse de una jornada laboral de más de doce horas.
Nombrar lo que no se ve
Pero para entender lo que vive Valentina, hay que nombrar también lo que vive su madre: muchas mujeres llegan al trabajo sexual orilladas por la pobreza y la falta de empleo. Trabajan más de doce horas de pie, con tacones altos y el frío de la calle encima; algunas recurren a las drogas solo para aguantar el turno. Ninguna noche está garantizada: pueden pasar horas sin un cliente o terminar el servicio y que este se niegue a pagar. Corren el riesgo constante de contraer infecciones de transmisión sexual, de tratar con clientes que pagan más si el sexo es sin condón y de sufrir violencia física y sexual: ser golpeadas, violadas o convertirse en victimas de feminicidio por quienes pagan un servicio. Algunas viajan lejos y ejercen en otros municipios o estados para que su propia familia nunca se entere. Muchas sufren depresión y aislamiento; la sociedad las juzga y, a veces, sus propios hijxs crecen con rencor por una ausencia que no entienden.
Para las mujeres trans se suma la transfobia y, si además son indígenas, migrantes o viven con alguna discapacidad, la precariedad se multiplica. Hablar de justicia social sin nombrar a estas mujeres es dejar fuera a una parte de Michoacán que sostiene, en silencio, buena parte del tejido social: hijas que cuidan, madres que trabajan de madrugada para que otrxs duerman tranquilxs. Reconocerlas no es romantizar su oficio ni juzgarlo; es exigir que exista, por fin, un sistema de cuidados que no dependa de que una niña de ocho años aprenda a cuidar antes de aprender a jugar, como Valentina.
Construir un mundo mejor amerita tambien incluir a las mujeres que menos voz han tenido: las que trabajan de noche, las que crían solas, las que el estigma social empuja al silencio y al aislamiento. Porque ninguna sociedad puede llamarse justa mientras siga dependiendo del cuidado invisible de las niñas para sostener lo que el Estado no sostiene.
Si el mundo fuera mejor
Palabras de Valentina
Si el mundo fuera mejor, tendría una casa grande con una cocina enorme para cocinar muchos postres y un jardín para que mis mascotas puedan salir a jugar. En la casa tendría mi propio cuarto con una ventana grande, y me gustaría que siempre tuviéramos leche y cereal para comer mientras veo mis caricaturas favoritas.
Si el mundo fuera mejor, seguro me iría bien en la escuela.
Si el mundo fuera mejor, mi mamá se quedaría a dormir con nosotras en las noches.
Si el mundo fuera mejor, mi mamá tendría un trabajo mejor, donde ganara bien y pudiera mantenernos mientras crecemos.
Si el mundo fuera mejor para nosotras, nos sentiríamos menos solas.
Si el mundo llega a ser mejor, tal vez un día pueda sacar a mi mamá de ese trabajo.
Si el mundo llega a ser mejor, tal vez pueda ser una niña normal.