Antes de escribir el futuro hay que caminarlo

por | Sep 7, 2026 | José Guadalupe Bermúdez Olivares, Opiniones

José Guadalupe Bermúdez Olivares

Un domingo, el Mercado “De la Feria” de Morelia puede ser muchas cosas al mismo tiempo. Es, desde luego, un lugar para abastecerse: frutas, verduras, carne, semillas, ropa, utensilios y una diversidad de productos que durante la semana llegarán a las mesas de miles de familias. Pero es también trabajo, intercambio, conversación y encuentro. Ahí está la mujer que compara precios porque conoce exactamente hasta dónde puede estirar el gasto familiar; el comerciante que comenzó su jornada cuando todavía no amanecía; el joven que ayuda a cargar las bolsas; el productor que intenta obtener un mejor precio por aquello que llevó desde su comunidad. Todo ocurre a la vez, entre voces que ofrecen mercancías y personas que se reconocen, se saludan o se detienen unos minutos para conversar.

Todavía lo llamamos Mercado “De la Feria” porque durante años aquel espacio estuvo asociado a la Feria de Michoacán. Los lugares, como las personas, guardan memoria. Cambian de función y de apariencia, pero conservan algo de aquello que fueron. Hoy, los domingos, ese territorio se transforma en un enorme mercado sobre ruedas al que acuden miles de personas. Nadie necesita organizar una concentración para encontrarlas: la vida cotidiana las ha convocado.

Ahí caminábamos recientemente con Fabiola Alanís y un grupo diverso en el que coincidían universitarios, investigadores, jóvenes y una presencia particularmente significativa de mujeres. No se trataba de una multitud ni hacía falta que lo fuera. Caminábamos, y hacerlo entre la gente obliga a una velocidad distinta. Un mercado popular no puede recorrerse como quien atraviesa el vestíbulo de una oficina: alguien saluda, otra persona pregunta, una mujer se acerca, un comerciante aprovecha para comentar algún problema, alguien reconoce a quien va pasando y comienza una conversación que no figuraba en ningún programa. Entonces el recorrido deja de ser simplemente recorrido y se convierte en encuentro.

Caminar obliga también a mirar de otra manera. Lo que desde una oficina aparece como cifra, en el territorio adquiere rostro. Lo que un diagnóstico denomina “problemática” tiene ahí nombre, historia, memoria, contradicciones y, muchas veces, respuestas que ya comenzaron a construirse sin esperar a que alguien las diseñara desde fuera. Quizá ésa sea una primera idea para pensar seriamente el futuro: una realidad no puede conocerse por completo desde lejos. Hay que acercarse a ella. Hay que caminarla.

Hace apenas unos días conversaba con Rogelio Sosa y con la propia Fabiola Alanís sobre algo que terminó relacionándose con aquella experiencia. Hablábamos de Michoacán, pero no solamente del Michoacán contenido en estadísticas, indicadores, diagnósticos institucionales o programas gubernamentales. Hablábamos del que vive en las colonias, del que produce en las comunidades rurales, del que se organiza, del que ha desarrollado proyectos concretos para resolver problemas sin esperar a que alguien llegue con una solución terminada. La conversación fue llevándonos hacia la necesidad de reconocer esas prácticas, recuperar lo que han aprendido, comprender sus posibilidades y preguntarnos cuánto pueden aportar a la construcción de un proyecto de futuro.

Apareció entonces una palabra frecuente en el lenguaje político: cercanía. Pero acercarse no significa necesariamente estar cerca. Se puede acudir a una colonia para solicitar un voto, una firma, una asistencia, un aplauso o una fotografía y permanecer, pese a todo, profundamente lejos. La cercanía adquiere otro significado cuando reconocemos al otro como interlocutor; cuando preguntamos y escuchamos; cuando estamos dispuestos a admitir que nuestras explicaciones pueden ser insuficientes y que la realidad no es solamente algo que se observa: también es interpretada por quienes la viven.

Las personas comparan experiencias, recuerdan, ensayan soluciones, se equivocan, vuelven a intentar, construyen organizaciones y producen saber. Cuando la política reconoce esa capacidad, la cercanía deja de ser una técnica de comunicación y puede convertirse en algo más profundo: una manera de conocer.

Quizá por eso caminar aquel mercado me llevó muchos años atrás.

En 1980, siendo muy joven, conocí una práctica política que probablemente resulte extraña para quienes no vivieron aquella época: el mitin relámpago. Éramos pocos, algunas veces muy pocos. Llegábamos a mercados, centrales de autobuses, plazas y otros lugares donde sabíamos que encontraríamos personas. No había grandes escenarios, pantallas ni transmisiones instantáneas capaces de multiplicar un mensaje miles de veces. Había algunas voces, volantes, convicciones y una idea persistente: había que ir hacia donde estaba la gente.

Hablábamos de unidad popular, conciencia de clase y organización. Intentábamos explicar que aquello que una persona podía experimentar como un problema estrictamente individual tenía, muchas veces, causas sociales. El salario insuficiente no era solamente la desgracia particular de un trabajador; el bajo precio de una cosecha no pertenecía exclusivamente al campesino que la había producido; la ausencia de servicios en una colonia no podía reducirse al infortunio de una familia. Detrás de esas experiencias había relaciones económicas, estructuras de poder y desigualdades compartidas. Si los problemas tenían dimensiones colectivas, pensábamos, también debían construirse respuestas colectivas.

Llegábamos, hablábamos, repartíamos el volante, conversábamos con quienes se detenían y seguíamos hacia otro sitio. Con los años he aprendido a mirar críticamente aquella práctica. Nosotros también podíamos llegar creyendo que teníamos demasiadas respuestas. Pretendíamos “llevar conciencia” y no siempre comprendíamos que la conciencia no es algo que alguien entrega a otro como quien distribuye un volante. Sin embargo, había una intuición que sigo considerando valiosa: si se quería hablar de transformación social, había que acudir hasta donde ocurría la vida.

Aquella época mostraba también otra manera de relacionarse con la gente. Durante décadas conocimos las grandes concentraciones vinculadas con las estructuras corporativas del PRI: camiones, contingentes, listas, banderas, porras y plazas que debían llenarse. Trabajadores, campesinos, empleados públicos y organizaciones enteras podían ser movilizados mediante compromisos, promesas, presiones y, en algunos casos, amenazas. La plaza llena producía una imagen de fuerza y la cantidad pretendía sustituir a la convicción. Poco importaba lo que pensaran quienes estaban ahí si la fotografía permitía demostrar que habían asistido miles.

Sería cómodo considerar que esa práctica quedó sepultada junto con el viejo régimen político. No ocurrió así. Cambian los partidos, las siglas, los colores y los protagonistas, pero permanece la tentación de medir el respaldo político contando cuerpos reunidos. Aún en Morena, hay quienes invierten millones para llenar plazas, siguen preguntando cuántos asistieron, cuántos camiones llegaron o cuántas personas cabían en la plaza. No preguntan qué pensaban quienes estuvieron ahí y casi nunca qué estarían dispuestos a construir juntos.

No es un asunto menor. Detrás de esas prácticas existen concepciones distintas de ciudadanía. Una considera a las personas como número, asistencia, voto o demostración de fuerza; la otra necesita reconocerlas como interlocutores. Y la diferencia se vuelve evidente cuando abandonamos el templete y caminamos una colonia.

Recuerdo, por ejemplo, un recorrido casa por casa en una colonia popular de Morelia. Fabiola se acercó a la puerta de una casita humilde. Con esa manera sonriente y franca que tiene para hablar con las personas, comenzó una conversación con la familia. Fue un diálogo que partió de lo sencillo: reconocimiento. Les contó que cuando era niña también había vivido en una casa parecida.

Una niña, de unos nueve o diez años, estaba ahí. Fabiola le preguntó cómo le iba en la escuela. La respuesta alteró inmediatamente el sentido de la conversación: no iba a la escuela porque salía a trabajar con su mamá.

Hay respuestas que modifican un recorrido.

Aquella niña dejó de ser, en ese instante, una de las tantas niñas que una estadística podría clasificar dentro de algún indicador de rezago educativo. Estaba ahí, frente a nosotros. Tenía rostro, edad, familia y una razón concreta para no estar en la escuela.

Fabiola habló con la familia sobre programas sociales, sobre las posibilidades que podían existir para enfrentar aquella situación. Tomó algunas notas con la intención de mantener el contacto y buscar alguna manera de ayudar. Yo observaba y pensaba en la enorme distancia que puede existir entre conocer el dato de la deserción escolar y encontrarse frente a una niña que no estudia porque necesita acompañar a su madre a trabajar.

Ambas formas de conocimiento importan. Necesitamos saber cuántas niñas están fuera de la escuela, dónde viven, qué edad tienen y cuáles son las condiciones sociales asociadas al problema. Pero el dato no llora, no sonríe, no baja la mirada cuando responde. La persona sí.

Ésa es una diferencia que la política no debería olvidar.

James C. Scott desarrolló una crítica particularmente sugerente a las grandes intervenciones diseñadas desde arriba. Su preocupación estaba en la tendencia de los Estados modernos a simplificar realidades complejas para volverlas administrativamente legibles. Necesitamos categorías, censos, mapas e indicadores para gobernar; el problema aparece cuando esa representación simplificada termina sustituyendo a la realidad y se ignora el conocimiento práctico de quienes la habitan.

Una colonia puede aparecer en un escritorio como polígono de pobreza; una comunidad rural como índice de marginación; un productor como unidad económica; aquella niña como un caso de abandono escolar. Las categorías son indispensables, pero ninguna agota la experiencia. Cuando confundimos el indicador con la vida que pretende representar, corremos el riesgo de diseñar soluciones para abstracciones administrativas y no para comunidades concretas.

Ahí encuentro sentido a hablar de una epistemología política de la cercanía. No utilizo la expresión para revestir de academia una práctica sencilla. Quiero señalar algo más elemental: la forma en que conocemos una realidad determina, en buena medida, la manera en que pretendemos transformarla.

Casa por casa, colonia por colonia, esa realidad adquiere otra textura. Cuando uno habla frente a una multitud puede utilizar sin dificultad palabras como pueblo, campesinado, juventud o mujeres. Pero frente a una persona concreta las categorías recuperan rostro. La mujer que explica que no tiene agua desde hace días transforma inmediatamente el significado de “servicios públicos”; el productor que cuenta cuánto cuesta sembrar y cuánto recibe por su cosecha obliga a mirar de otra manera aquello que llamamos economía; los jóvenes que explican por qué no encuentran horizonte en su comunidad desarman muchas de nuestras generalizaciones acerca de la juventud.

La cercanía tiene, por ello, un efecto que no siempre resulta cómodo para quien pretende hacer política: nos enfrenta con los límites de nuestro propio conocimiento. La realidad algunas veces confirma nuestros diagnósticos, pero otras los contradice. Escuchar significa aceptar la posibilidad de regresar pensando distinto de como llegamos.

Paulo Freire comprendió con extraordinaria profundidad esa relación entre conocimiento, diálogo y transformación. En Pedagogía del oprimido rechazó la idea de que unos poseen el saber y otros únicamente deben recibirlo. Frente a la educación “bancaria”, propuso una relación en la que las personas se reconocen como sujetos capaces de leer críticamente el mundo y transformarlo. No se dialoga simplemente para intercambiar palabras; se dialoga para comprender juntos aquello que nos ocurre y construir capacidad para actuar sobre ello.

Décadas después de aquellos mítines relámpago, Freire me obliga a revisar incluso algunas palabras que entonces utilizábamos con absoluta certeza. Decíamos que había que “concientizar a la gente”. Hoy prefiero decir que necesitamos construir conciencia con la gente. La diferencia parece pequeña, pero modifica radicalmente la relación. Nadie ilumina a otro desde una posición superior. Nos comprendemos en el diálogo, confrontando experiencias, descubriendo las relaciones entre nuestros problemas y preguntándonos qué podemos hacer frente a ellos.

Esa idea regresó a mi memoria en otro recorrido que recuerdo especialmente.

Era un fraccionamiento enorme, de esos que fueron creciendo hasta concentrar miles de personas en viviendas muy pequeñas. Llegamos justamente a la hora en que muchos trabajadores regresaban a casa. Bajaban del transporte después de su jornada y comenzaban a caminar hacia sus viviendas, seguramente cansados, pensando en llegar, comer algo, encontrarse con la familia y terminar el día.

Fabiola llegó con un grupo de personas. No había templete. Tampoco un auditorio esperando.

Había una banca.

Se subió a ella y comenzó a hablar.

“Soy Fabiola Alanís”.

Fue suficiente para que algunas personas que ya caminaban hacia sus casas disminuyeran el paso. Unas se detuvieron. Después otras. El pequeño grupo comenzó a crecer. Escuchaban. Algunos reconocían quién estaba hablando y se acercaban con mayor interés. Terminada aquella intervención improvisada, querían estrechar su mano. Pero no solamente saludarla: querían hablar.

Uno quería contarle un problema.

Otra tenía una propuesta.

Alguien quería explicar lo que ocurría en el fraccionamiento.

Y yo veía aquella escena con una emoción difícil de traducir completamente en conceptos. Era hermoso observar cómo una manera de ser se fusionaba, por unos momentos, con las necesidades y las intenciones de las personas.

Eso también es política.

No porque alguien se suba a una banca y hable.

La política comienza realmente cuando quienes estaban caminando hacia su casa deciden detenerse porque consideran que tienen algo que decir y quizá también algo que construir.

La escena me recordó algo fundamental: existe una enorme diferencia entre hablar ante la gente y hablar con la gente. El discurso puede llamar la atención, pero solamente el encuentro produce relación.

Hannah Arendt ofrece una manera particularmente fértil de comprenderlo. En La condición humana vinculó la acción política con la pluralidad y con la aparición de las personas en un espacio compartido. La política no ocurre en la soledad del individuo; surge cuando seres diferentes se encuentran, hablan y actúan unos frente a otros. No necesitan ser iguales en sus opiniones para formar parte de un mundo común. Precisamente su diferencia hace necesaria la política.

La banca de aquel fraccionamiento difícilmente podría confundirse con el ágora de Atenas, pero la pregunta que aparece detrás de ambas escenas sigue siendo reconocible: ¿qué sucede cuando las personas dejan por un momento de ser individuos que únicamente transitan y comienzan a reconocerse como habitantes de un espacio compartido?

Los antiguos griegos relacionaron tempranamente la política con la pregunta por la vida común. Aristóteles pensaba la polis no únicamente como una estructura territorial, sino como la comunidad en la que podía plantearse el problema de la vida misma. No se trata, por supuesto, de trasladar mecánicamente aquella sociedad hasta nuestro presente; la democracia griega estuvo atravesada por exclusiones que hoy serían inaceptables. Pero la pregunta permanece:

¿Cómo queremos vivir juntos?

Mientras camino por mercados, colonias o comunidades, esa pregunta adquiere una profundidad distinta. No se responde solamente desde un plan de gobierno. Se responde también escuchando qué entienden las personas por vivir bien: tener trabajo digno, poder enviar a sus hijos a la escuela, vivir sin miedo, disponer de agua, permanecer en su comunidad, cuidar el territorio, recibir un precio justo por aquello que producen, participar en las decisiones que afectan su existencia.

Esto modifica también nuestra manera de pensar el desarrollo.

Durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar los territorios desde sus carencias. ¿Qué les falta? Agua, infraestructura, empleo, financiamiento, capacitación, servicios. Todo ello puede ser cierto y requiere respuestas públicas. Pero una comunidad nunca es únicamente aquello que le falta. También es aquello que tiene: conocimientos, memoria, relaciones, capacidad de cooperación, experiencias organizativas, prácticas productivas, liderazgos, redes comunitarias y aprendizajes derivados tanto de sus éxitos como de sus fracasos.

Por eso, junto a la pregunta “¿qué necesitan?”, una política transformadora tendría que formular otras: ¿qué están haciendo?, ¿qué les funciona?, ¿qué aprendieron?, ¿qué capacidades existen aquí?, ¿qué podrían construir colectivamente?, ¿qué condiciones permitirían fortalecer aquello que ya realizan?

Incluso deberíamos atrevernos a formular una pregunta difícil para cualquier gobierno: ¿qué no debemos hacer por ustedes?

Porque acompañar no significa sustituir.

El trabajo de Elinor Ostrom resulta esclarecedor en este sentido. En Governing the Commons, sus investigaciones mostraron que las comunidades pueden construir instituciones y reglas propias para resolver problemas colectivos y gestionar recursos compartidos. No todas lo consiguen, ni toda experiencia comunitaria debe ser romantizada, pero sus estudios cuestionaron la idea de que las únicas respuestas posibles provienen del mercado o del Estado. Existe también capacidad social para organizarse.

Tal vez ésa fuera una parte importante de lo que conversábamos Rogelio, Fabiola y yo: ¿cómo pensar el futuro de Michoacán desde aquello que ya existe?

La pregunta cambia la perspectiva porque durante años hemos imaginado el desarrollo como algo que tiene que llegar. La inversión que llegará, el programa que llegará, la empresa que llegará, el recurso que llegará, la institución que llegará. Siempre desde otro lugar y siempre después, como si los territorios fueran recipientes vacíos esperando ser llenados.

Pero los territorios nunca están vacíos.

Hay futuro ocurriendo ahora mismo en organizaciones comunitarias, cooperativas, pequeños proyectos productivos, colectivos de mujeres, experiencias juveniles, conocimientos campesinos, iniciativas culturales, redes de solidaridad y prácticas educativas que muchas veces apenas son visibles fuera de los lugares donde surgieron. No propongo idealizarlas. En las comunidades también hay desigualdades, conflictos, violencias y relaciones de dominación. Precisamente por eso necesitamos conocerlas de cerca, y no imaginarlas desde lejos.

El futuro de Michoacán podría encontrarse parcialmente disperso en esas experiencias. La tarea política consistiría, entonces, no solamente en inventar nuevos programas, sino en reconocer lo que está naciendo, comprenderlo, relacionarlo, acompañarlo y crear condiciones para ampliar sus posibilidades.

El futuro de Michoacán no debería construirse para la gente. Tendría que construirse con la gente.

El cambio de preposición importa, porque construir con otros significa admitir que el resultado no puede estar completamente decidido antes de iniciar el proceso.

Hay que descubrirlo juntos.

Esto es particularmente importante en una época caracterizada por la fragilidad de los vínculos. Zygmunt Bauman encontró en la liquidez una poderosa metáfora para describir sociedades donde las relaciones, las pertenencias y los compromisos pierden estabilidad. En Modernidad líquida y en sus reflexiones posteriores sobre la comunidad, mostró la tensión entre nuestro deseo de seguridad colectiva y una cultura crecientemente individualizada.

La política también puede volverse líquida. La indignación instantánea, la adhesión que dura unas horas, el mensaje que hoy emociona y mañana desaparece, la consigna transformada en tendencia, el personaje público medido por seguidores. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conectarnos y, sin embargo, conexión no significa necesariamente vínculo.

Organizarse exige otra temporalidad. Exige permanecer, volver, cumplir acuerdos, resolver conflictos, reconocer diferencias y seguir conversando después de descubrir que el otro no piensa exactamente como nosotros. La comunidad necesita memoria; la confianza necesita continuidad y la transformación necesita procesos.

Por eso hay una acción aparentemente sencilla que posee una enorme importancia política:

volver.

Muchas colonias y comunidades conocen perfectamente al candidato que llegó una vez, al funcionario que acudió para la fotografía, al investigador que aplicó sus instrumentos y nunca regresó. Volver significa reconocer que la relación no terminó cuando obtuvimos aquello que buscábamos. Regresar construye confianza, y la confianza es uno de los tejidos sin los cuales resulta imposible construir un nosotros.

José Saramago colocó otra pieza incómoda en esta discusión. Ensayo sobre la lucidez lleva hasta el extremo una pregunta sobre la democracia: ¿qué ocurre cuando el ritual electoral deja de expresar una relación política viva entre ciudadanía e instituciones? Su provocación literaria obliga a preguntarnos si participar políticamente significa únicamente votar cada determinado número de años o si la democracia requiere una presencia social mucho más profunda.

Una democracia viva necesita personas participando no sólo en la elección de representantes, sino en la definición de problemas, la construcción de alternativas, las decisiones que afectan su vida y la vigilancia de aquello que se hace en su nombre.

Esto obliga a distinguir entre campaña y proceso social. Una campaña quiere convencer; una comunidad necesita deliberar. Una campaña tiene fechas; los procesos colectivos poseen tiempos que difícilmente obedecen al calendario electoral. Una campaña produce mensajes; una organización necesita producir relaciones. Una candidatura puede ganar una elección, pero ganar elecciones y construir sociedad no son la misma cosa.

Pueden encontrarse.

Deberían hacerlo.

Pero no son lo mismo.

La política que solamente aprende a ganar elecciones puede terminar olvidando para qué quería ganarlas.

Aquí vuelve una palabra que en aquellos años de los mítines relámpago repetíamos con enorme frecuencia: unidad. Entonces hablábamos de unidad popular. Hoy la entiendo con mayor cautela y quizá también con más profundidad.

La unidad no significa pensar igual.

No supone eliminar diferencias.

No consiste en repetir una consigna.

La unidad comienza cuando personas distintas descubren que existen problemas y aspiraciones que ninguna de ellas puede resolver por sí sola.

Ahí empieza el nosotros.

La idea de pluralidad de Arendt ayuda a comprender que ese nosotros no se construye suprimiendo las diferencias, sino haciendo posible que personas diferentes compartan un mundo y actúen sobre él. Ésa es quizá una de las tareas políticas más difíciles de nuestro tiempo: construir lo común sin borrar la diversidad de quienes participan.

Vivimos, sin embargo, rodeados por una exaltación permanente del yo: mi éxito, mi proyecto, mi patrimonio, mi desarrollo, mis seguidores, mi opinión, mi bienestar. El individuo importa y sus derechos deben ser protegidos. El problema aparece cuando olvidamos que existen dimensiones fundamentales de la vida que ningún individuo puede producir en soledad: la comunidad, la confianza, la cooperación, la solidaridad, el bien común, incluso la esperanza política.

Por eso la pregunta “¿cómo quiero vivir?” resulta insuficiente si no añadimos otra:

¿Cómo queremos vivir?

Parece apenas un movimiento del singular al plural, pero entre el “quiero” y el “queremos” existe todo un proyecto político.

Nadie entrega conciencia a otro, nadie la deposita ni la enciende como si accionara un interruptor. La conciencia se va construyendo en la experiencia, en la pregunta, en el conflicto, en el diálogo, en el reconocimiento del otro y en la acción compartida.

No se trata de llevar conciencia.

Se trata de construir conciencia con otros.

Tal vez ésa sea una de las mayores diferencias entre aquel joven que participaba en mítines relámpago y quien escribe estas líneas después de varias décadas.

No he perdido la intención de transformar la realidad.

Tampoco considero aquel deseo una ingenuidad explicable únicamente por la juventud. Han pasado muchos años y sigo pensando que el mundo puede y debe ser diferente. Lo que ha cambiado es mi comprensión del camino.

Entonces quizá confiábamos demasiado en la fuerza del mensaje.

Hoy confío mucho más en la fuerza del proceso.

La conversación con Rogelio y Fabiola me dejó, precisamente, una intuición que vuelve una y otra vez: Michoacán ya contiene una parte del futuro que necesita.

Está dispersa, a veces oculta, frecuentemente es pequeña, pero existe. Está en las comunidades que se organizan, en mujeres que construyen redes, en jóvenes que ensayan otras posibilidades, en cooperativas y organizaciones productivas, en proyectos culturales y educativos, en formas comunitarias de proteger el territorio, en investigadores capaces de trabajar con las comunidades y no solamente escribir acerca de ellas. Está en quienes, frente a la fragmentación y el individualismo de nuestra época, todavía consideran que organizarse vale la pena.

Tal vez la tarea no sea inventarlo todo.

También hay que aprender a reconocer lo existente, relacionarlo, acompañarlo, fortalecerlo, poner conocimientos distintos en diálogo y construir capacidades para transformarlo.

Por eso regreso al Mercado De la Feria.

A Fabiola caminando entre los puestos. A las mujeres que se acercan. A los jóvenes, investigadores, comerciantes y familias haciendo la compra del domingo. Regreso a la puerta de aquella pequeña casa y a la niña que no estaba asistiendo a la escuela porque tenía que acompañar a su madre a trabajar. Regreso a la banca de aquel enorme fraccionamiento, a los trabajadores que disminuyeron el paso cuando escucharon “Soy Fabiola Alanís” y después quisieron acercarse para contar sus problemas y sus propuestas.

Son escenas distintas.

Pero contienen una misma interrogante.

¿Qué ocurre cuando la política deja de mirar a las personas desde lejos?

Quizá entonces comenzamos a comprender que caminar no significa únicamente desplazarnos por un territorio.

Puede convertirse en método.

Desde una oficina, una colonia aparece como un polígono; caminándola aparecen personas. Desde una estadística, un municipio puede convertirse en porcentaje; recorriéndolo aparecen historias. Desde un automóvil, un territorio puede reducirse a paisaje; cuando descendemos y comenzamos a caminar vuelve a ser comunidad.

Ahí adquiere sentido hablar de una epistemología política de la cercanía.

Caminar para mirar y preguntar. Preguntar para escuchar. Escuchar para comprender. Comprender para encontrarnos. Encontrarnos para organizarnos. Organizarnos para transformar.

La intención final no es conocer mejor la realidad solamente para describirla con mayor precisión.

Queremos construir nuevas realidades.

Comunidades con mayores capacidades.

Organizaciones más fuertes.

Relaciones económicas más justas.

Participación efectiva.

Redes de cooperación.

Formas distintas de ejercer el poder.

Y, sobre todo, queremos reconstruir algo que la fragmentación contemporánea parece debilitarnos continuamente:

el nosotros.

Michoacán no es una hoja en blanco sobre la cual alguien pueda escribir desde arriba el futuro. Ese futuro se encuentra parcialmente disperso en los mercados, las colonias, los barrios, las comunidades rurales, las universidades, las cooperativas, las experiencias que funcionaron y también en las que fracasaron dejando aprendizajes. Está en quienes producen, investigan, enseñan, cuidan, organizan y cooperan.

El futuro de Michoacán no necesita espectadores.

Necesita sujetos.

Personas capaces de reconocerse unas en otras, encontrarse pese a sus diferencias, deliberar sobre aquello que comparten y avanzar lentamente del yo al nosotros.

Pero el nosotros tampoco puede redactarse primero en un documento y después convocar a las personas para que formen parte de él. Nadie decreta el nosotros. Nadie puede construirlo desde arriba.

Se construye cuando nos encontramos.

Cuando preguntamos.

Cuando escuchamos.

Cuando regresamos.

Cuando confiamos.

Cuando hacemos juntos.

Quizá por eso, antes de diseñar desde un escritorio el Michoacán que imaginamos, tengamos primero que salir al encuentro del Michoacán que ya existe y descubrir las posibilidades de futuro que están naciendo dentro de él.

Recorrer sus colonias.

Llegar a sus comunidades.

Entrar a sus mercados.

Sentarnos alguna vez en una banqueta.

Subirnos, si hace falta, a una banca.

Encontrarnos con quienes ya están haciendo.

Preguntar.

Escuchar.

Y regresar.

Porque antes de escribir el futuro, hay que caminarlo.

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