Cuando el teatro sale a la calle

por | Sep 4, 2026 | José Guadalupe Bermúdez Olivares, Opiniones

José Guadalupe Bermúdez Olivares

Hay una edad en la que uno descubre con especial intensidad que cambiar el mundo no sólo es posible, sino necesario. Suele asociarse esa convicción con la juventud, como si la inconformidad, la rebeldía y el deseo de transformar lo establecido fueran entusiasmos propios de una etapa que después la madurez debería corregir.

Nunca he pensado así.

Tenía quince años cuando muchas de esas preguntas comenzaron a tomar forma en mí, pero no quedaron allá. Hoy tengo más de sesenta y sigo creyendo que hay realidades que deben cambiarse, que las desigualdades no pueden aceptarse como inevitables y que una sociedad justa no se construye resignándose ante lo que existe.

Lo que cambia con los años, acaso, son las herramientas.

La inconformidad aprende. La rebeldía encuentra otros caminos. La voluntad de transformación adquiere experiencia, método, paciencia y una mejor comprensión de la complejidad de los procesos sociales. Pero no tendría por qué desaparecer.

Me parece incluso preocupante esa idea según la cual querer cambiar el mundo pertenece a los jóvenes y madurar consiste en aprender a conformarse con él.

Yo no quiero entender la madurez de esa manera.

Venía del mundo rural, de una familia campesina, y estudiaba en la Escuela Normal Rural de Tiripetío, en Michoacán. La escuela, las movilizaciones estudiantiles, las discusiones con los compañeros y el descubrimiento de otras formas de pensar comenzaron a dar forma a una convicción que, de distintas maneras, me ha acompañado durante la vida: el mundo que recibimos no necesariamente es el mundo que debemos entregar a quienes vienen después.

En una de aquellas movilizaciones llegué por primera vez a la Ciudad de México.

Nunca había estado ahí.

No llegué como turista. No llevaba una lista de monumentos por conocer ni imaginaba recorrer tranquilamente la ciudad. Llegué empujado por la movilización estudiantil, con esa mezcla de curiosidad, inconformidad y rebeldía que acompañaba muchos de nuestros desplazamientos.

Fue así como llegué a uno de los lugares más emblemáticos de la cultura mexicana: el Palacio de Bellas Artes.

Pero lo que permanece en mi memoria no ocurrió dentro.

Ocurrió afuera.

Ahí estaba Enrique Cisneros, El Llanero Solitito.

Hacía teatro.

No había butacas numeradas. No había que comprar un boleto. No había puertas que separaran a quienes podían entrar de quienes debían permanecer afuera.

Su escenario era la calle.

Frente a uno de los grandes recintos culturales del país, aquel hombre utilizaba el cuerpo, la palabra, la ironía, el humor y la provocación para hablar de desigualdad, de poder, de explotación, de relaciones sociales y de conciencia de clase.

Yo observaba.

Y aquello me llegaba.

No encuentro una expresión mejor, ni siquiera tantos años después. Me llegaba.

Había escuchado discursos políticos. Había participado en discusiones estudiantiles. Conocía las consignas. Pero ahí ocurría algo diferente.

Una idea política se convertía en personaje.

Una contradicción social se transformaba en escena.

La desigualdad podía provocar indignación y, segundos después, una carcajada.

El teatro conseguía explicar relaciones complejas sin necesidad de convertirse en conferencia. Hacía visible aquello que muchas veces permanecía escondido detrás de las palabras.

Entonces comprendí, aunque todavía no pudiera expresarlo de esta manera, que el arte podía ser también una forma de construir conciencia.

Al terminar la representación me acerqué a Enrique Cisneros.

Imagino ahora la escena: un muchacho campesino, llegado por primera vez a la enorme Ciudad de México, acercándose a un actor al que acababa de ver frente al Palacio de Bellas Artes.

Había timidez, seguramente. Pero también estaba esa audacia que da la convicción cuando todavía no hemos aprendido a calcular demasiado las consecuencias.

Le dije que su obra me había llegado.

Y después lo invité a mi escuela.

Le dije que estudiaba en la Escuela Normal Rural de Tiripetío, en Michoacán, y que me gustaría que fuera allá, que mis compañeros conocieran ese teatro.

Se entusiasmó.

Llamó a otros actores. Conversamos. Se comprometieron a ir pronto.

Su reacción me permitió comprender algo más sobre el sentido de aquel trabajo.

No buscaban solamente representar una obra y recibir aplausos.

Querían que el teatro prendiera.

Que alguien lo viera y quisiera llevarlo a otro lugar.

Que un estudiante abriera la puerta de su escuela.

Que después una comunidad abriera otra.

Que el arte circulara.

Que una representación provocara nuevas representaciones.

En cierta forma, aquel teatro buscaba algo más importante que espectadores: buscaba multiplicadores.

Y algo de eso ocurrió conmigo.

Regresé a Tiripetío con aquella inquietud.

Junto con otros “locos” comenzamos a intentar hacer teatro. El Chilemón fue uno de mis cómplices.

No éramos actores profesionales. No habíamos estudiado dramaturgia. No conocíamos las técnicas de las artes escénicas. Seguramente nuestros conocimientos eran mucho menores que nuestras pretensiones.

Pero teníamos algo.

Teníamos ganas de decir.

Teníamos inconformidad.

Teníamos historias.

Teníamos una realidad que queríamos poner frente a los ojos de otros.

Y comenzamos.

Construíamos pequeñas representaciones. Inventábamos personajes. Recuperábamos situaciones de la vida cotidiana. Utilizábamos el humor, la sátira y la crítica.

Después salimos.

Fuimos a comunidades rurales de Michoacán.

Y ahí comenzó otro aprendizaje.

Descubrimos que el campesino podía reconocerse inmediatamente en los personajes.

No era necesario explicarle demasiado quién era el intermediario que compraba barato el producto de su trabajo. Lo conocía.

No necesitábamos describir al político que llegaba a prometer y después desaparecía. Lo conocía.

Conocía también al cacique, al funcionario, al comerciante, al trabajador, al maestro, al campesino endeudado.

Aquellos personajes pertenecían a su vida cotidiana.

El teatro simplemente los colocaba frente a él.

Y entonces ocurría algo extraordinario.

La persona podía mirar desde afuera aquello que vivía todos los días desde dentro.

Podía reír.

Podía comentar.

Podía indignarse.

Podía relacionar una experiencia aparentemente individual con circunstancias sociales más amplias.

Aquello que parecía un problema personal podía comenzar a entenderse como una relación económica.

Una dificultad cotidiana podía aparecer como relación de poder.

Una injusticia asumida durante años como algo inevitable podía comenzar a ser cuestionada.

Ahí descubrimos una de las grandes capacidades del teatro callejero.

No necesitaba decirle al campesino qué debía pensar.

Podía ayudarle a mirar.

Y mirar la realidad de otra manera es ya el comienzo de muchas transformaciones.

El teatro popular tiene esa enorme capacidad: convertir en visible lo que la costumbre ha vuelto invisible.

Una relación injusta, repetida durante muchos años, puede terminar pareciendo natural.

Hasta que alguien la representa.

Entonces aparece una distancia.

Y en esa distancia nace la pregunta.

¿Por qué ocurre esto?

¿Por qué tiene que ser así?

¿Quién gana?

¿Quién pierde?

¿Quién decide?

¿Podría organizarse de otra manera?

Por eso el teatro callejero no debe entenderse solamente como entretenimiento.

Puede ser una forma de educación.

Una pedagogía sin pupitres.

Una pedagogía de la mirada.

Una pedagogía de la conciencia.

No porque el actor deba presentarse ante una comunidad como quien posee la verdad y viene a entregársela a los demás. Esa sería otra forma de verticalidad.

La conciencia no se deposita.

Se construye.

El teatro puede contribuir a ello cuando representa situaciones, provoca preguntas, permite reconocernos en los personajes y abre conversaciones.

Una escena puede conseguir algo que muchas páginas no logran.

Una carcajada puede desmontar durante unos segundos el miedo a una autoridad.

Un personaje puede devolvernos nuestra propia imagen.

Una historia puede permitirnos descubrir que aquello que creíamos sufrir solos también lo viven muchos otros.

Por eso pienso que una verdadera revolución de las conciencias no consiste en introducir determinadas ideas en la cabeza de otras personas.

Consiste en generar condiciones para pensar colectivamente la realidad.

Y el arte puede contribuir poderosamente a hacerlo.

Aquella experiencia también me llevó muy pronto a otra pregunta.

No bastaba con llegar a una comunidad, representar una obra y marcharnos.

Podíamos presentarnos una tarde, provocar risas, comentarios, discusiones. Después recogíamos nuestras cosas y nos íbamos.

La comunidad permanecía.

Entonces comencé a pensar que algo más debía ocurrir.

¿Por qué no ayudar a que otros hicieran teatro?

¿Por qué no formar grupos en las propias comunidades?

¿Por qué no lograr que quienes habían sido espectadores se convirtieran también en actores, autores y organizadores?

No sólo llevar teatro.

Hacer que naciera teatro.

La intuición estaba.

Lo que no teníamos era el método.

Teníamos quince o dieciséis años. Y decir esto no significa descalificar aquella idea por haber nacido en la juventud.

Por el contrario.

La juventud nos daba la capacidad de imaginar lo que todavía no existía y la disposición para intentarlo.

Lo que faltaba era experiencia.

Hoy entiendo con mayor claridad que formar un grupo exige un proceso sistemático.

Hay que reunirse.

Aprender.

Leer.

Observar.

Escribir.

Crear personajes.

Ensayar.

Aprender a utilizar el cuerpo y la voz.

Vencer la vergüenza.

Construir confianza.

Resolver desacuerdos.

Mantener al grupo unido cuando pasa la emoción inicial.

Encontrar espacios.

Organizar recorridos.

Acompañar procesos.

La chispa podía prender.

Pero mantener el fuego requería algo más.

Requería formación.

Organización.

Método.

Continuidad.

Aquello que a los quince o dieciséis años apenas podía intuir hoy lo puedo formular de otra manera: democratizar el arte no significa únicamente garantizar que todos puedan verlo.

Significa también crear condiciones para que todos puedan producirlo.

Ese es un desafío mucho mayor.

No basta con llevar una compañía de teatro a una comunidad.

Hace falta que en la comunidad pueda nacer otra.

Que unos jóvenes aprendan a contar las historias de su pueblo.

Que los campesinos representen las relaciones que conocen.

Que las mujeres conviertan en escena aquello que muchas veces se ha obligado a permanecer en silencio.

Que los trabajadores puedan representar su propia experiencia.

Que los estudiantes conviertan sus preocupaciones en personajes.

Que las comunidades se miren a sí mismas sobre un escenario improvisado.

Ahí el espectador deja de ser únicamente espectador.

Se convierte en creador.

Y quizá en ese paso se encuentre una de las posibilidades más profundamente democráticas del arte.

Con los años volvió muchas veces a mi cabeza una imagen: El Llanero Solitito haciendo teatro fuera del Palacio de Bellas Artes.

Detrás estaba uno de los grandes símbolos de la cultura institucional mexicana.

Delante, el teatro en la calle.

La imagen sigue provocándome una pregunta:

¿De qué sirve una sociedad que produce grandes instituciones culturales si una parte importante de su población nunca puede entrar en ellas?

No cuestiono la existencia de los grandes teatros.

Los necesitamos.

Necesitamos museos, salas de concierto, centros culturales, escuelas de arte.

Una sociedad debe preservarlos, fortalecerlos y ponerlos al alcance del mayor número posible de personas.

El problema aparece cuando creemos que la cultura termina en sus puertas.

Millones de personas viven lejos de esos recintos.

Muchas no pueden pagar una entrada.

Otras jamás viajarán a las ciudades donde se concentra buena parte de la oferta cultural.

Algunas incluso han crecido sintiendo que esos espacios no les pertenecen.

Frente a esa realidad, el teatro callejero ofrece una respuesta profundamente sencilla:

sale de los muros.

No espera que la gente llegue.

Va hacia ella.

No espera que el campesino viaje hasta una sala.

Lleva la representación a su comunidad.

No espera que el trabajador encuentre dinero y tiempo para convertirse en espectador.

Convierte la plaza que atraviesa cotidianamente en escenario.

Y cuando eso ocurre cambia algo más que la ubicación de la obra.

Cambia la relación entre arte y sociedad.

El niño que jugaba se acerca.

La mujer que iba de paso se detiene.

El campesino escucha.

Alguien comenta desde atrás.

Otro responde al actor.

Un grupo de personas que quizá no tenía previsto compartir nada termina reunido alrededor de una historia.

Por unos minutos aparece una comunidad.

Ahí el arte recupera su dimensión pública.

Pasaron los años.

Mi vida profesional tomó otros caminos.

El teatro que habíamos comenzado a practicar fue quedando atrás. Llegaron otras responsabilidades, otros proyectos, otras formas de participar en los procesos educativos y sociales.

No sabría decir exactamente cuándo dejé de hacerlo.

Simplemente ocurrió.

Pero dejar de hacer teatro no significó abandonar aquello que me había llevado hasta él.

Hoy tengo más de sesenta años y no miro esas experiencias únicamente con nostalgia.

Claro que hay recuerdos entrañables.

Están Tiripetío.

El Chilemón.

Los compañeros.

Las comunidades rurales.

Aquella primera visita a la Ciudad de México.

El Palacio de Bellas Artes.

El Llanero Solitito.

Pero no quiero quedarme en la añoranza.

No pienso aquellos años diciendo: qué hermoso era cuando éramos jóvenes y queríamos cambiar el mundo.

Sigo queriendo que cambie.

Sigo creyendo que la desigualdad debe combatirse.

Sigo pensando que la conciencia social puede construirse.

Sigo convencido de que la educación, la organización y la cultura pueden contribuir a transformar las relaciones entre las personas.

Algunas ideas se han modificado.

Otras tuvieron que ser revisadas.

Muchas adquirieron matices que a esos años no podía comprender.

Pero la idea fundamental permanece.

Madurar no tendría que significar aprender a conformarse.

Debería significar aprender mejor cómo transformar.

Por eso hoy me daría un enorme gusto volver a una plaza pública de Michoacán y encontrar ahí a estudiantes de la Escuela Normal Rural de Tiripetío haciendo teatro.

La misma Casa de estudios que me albergó siendo adolescente.

Me gustaría encontrarlos creando personajes de nuestro tiempo.

Representando las nuevas desigualdades.

Hablando del campo, la migración, la violencia, el deterioro ambiental, las relaciones de poder, la precariedad de los jóvenes, las luchas de las mujeres, las contradicciones de nuestra vida política.

Pero también hablando de solidaridad.

De organización.

De cooperación.

De comunidad.

De esperanza.

No quisiera encontrarlos conformes.

No quisiera que la escuela les hubiera enseñado que hacerse adultos significa aceptar el mundo tal como está.

Me gustaría verlos haciendo preguntas.

Creando.

Discutiendo.

Saliendo de los muros de su escuela.

Ocupando plazas.

Llegando a comunidades.

Usando el arte para provocar conversaciones.

Y me gustaría que esta vez hubiera alrededor de ellos quienes poseen los conocimientos que nosotros no teníamos.

Actores.

Dramaturgos.

Directores.

Escuelas de artes.

Universidades.

Colectivos culturales.

Personas capaces de acompañar procesos sistemáticos para que los grupos no desaparezcan después de las primeras presentaciones.

Quienes conocen las artes escénicas tienen ahí una responsabilidad enorme.

No solamente formar actores para los teatros.

También ayudar a formar teatro fuera de ellos.

Imagino pequeñas compañías en escuelas, comunidades, barrios y organizaciones sociales.

Unas enseñando a otras.

Una comunidad acompañando a la siguiente.

Una obra dando nacimiento a otro grupo.

Una chispa prendiendo otra chispa.

México necesita artistas dentro de sus grandes teatros.

Pero también necesita actores en sus calles.

Necesita dramaturgia en sus plazas.

Necesita jóvenes —y no tan jóvenes— capaces de transformar una preocupación social en personaje, una injusticia en escena y una pregunta en conversación colectiva.

Muchos años después de aquella primera visita a la Ciudad de México todavía puedo reconstruir la imagen.

Un joven campesino que nunca había estado ahí.

Una movilización estudiantil.

El Palacio de Bellas Artes.

Y afuera, El Llanero Solitito haciendo teatro.

Aquella obra prendió.

Me llevó a acercarme a él.

Me llevó a invitarlo a Tiripetío.

Nos llevó a intentar nuestro propio teatro.

Nos llevó a las comunidades.

Nos permitió descubrir que una persona podía reconocerse en un personaje y, al verlo representado, comprender de otra manera algunas de las relaciones que condicionaban su propia vida.

Hoy, más de cuarenta años después, sigo viendo en aquella experiencia una posibilidad para el presente.

No porque quiera regresar al pasado.

Porque sigo interesado en transformar el futuro.

Quizá necesitamos nuevamente pequeñas compañías recorriendo comunidades.

Estudiantes apropiándose de las plazas.

Artistas formando colectivos.

Comunidades contando sus propias historias.

Quizá necesitamos que el teatro vuelva a salir de los muros.

Que vuelva a incomodar.

Que haga reír.

Que pregunte.

Que reúna.

Que prenda.

Porque la revolución de las conciencias no tiene edad.

Puede comenzar a los quince años y seguir viva después de los sesenta.

Y porque cambiar el mundo no debería ser una ingenuidad que la juventud abandona al crecer, sino una tarea que, con los años, aprendemos a asumir con mayor conciencia, mejores herramientas y la misma convicción.

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