José Guadalupe Bermúdez Olivares
El reloj marca las cuatro de la mañana en las inmediaciones de Huetamo, en esta galera el aire nunca terminó de enfriarse; el calor de la Tierra Caliente se queda atrapado, mezclado con el aliento de cientos que comparten el mismo espacio prestado por el ganado porcino que habita aquí en el periodo cuando no están. No es el despertar de quien elige iniciar el día, sino el de quien sobrevive a la noche; aquí, el descanso no es un derecho, sino un proceso de mantenimiento biológico para la mano de obra. En estos galerones, la hacinación se convierte en el único refugio para los migrantes que llegan con la esperanza doblada, esperando recuperar las fuerzas mínimas para enfrentar de nuevo el sol inclemente de las plantaciones de melón.
Mientras la oscuridad aún domina el valle, las sombras se mueven en una coreografía de la precariedad: manos que fueron hechas para la tierra, pero que hoy son tratadas como engranajes de una maquinaria agroexportadora que no se detiene. Quien observa desde fuera podría confundirlo con buen trabajo; quien lo vive, sabe que es la institucionalización de la carencia, donde la sopa “aguada” se prepara con prisa al regresar del surco al anochecer. Estos hombres y mujeres son parte de los 833,131 jornaleros eventuales que sostienen el campo michoacano, sujetos que se desdibujan entre el polvo del camino y la urgencia de la cosecha.
Al amanecer, el centro se vacía. El ciclo se reinicia: del hacinamiento al surco, y del surco a la ración de resistencia, bajo la mirada de un capataz que le angustia avanzar en el quehacer sin importar el cansancio o los estómagos vacíos. En Huetamo, el melón es dulce, pero el sudor que lo cultiva tiene el sabor amargo de una justicia social que todavía no llega al centro de galeras.
Esta sección profundiza en la geografía del despojo y la lógica extractivista de las empresas que, bajo el velo de la agroindustria, operan como una maquinaria de consumo de cuerpos y recursos naturales.
Estos hombres y mujeres no llegan aquí por azar. El flujo que nutre las tierras de Huetamo y San Lucas es una vena abierta que drena el sur de México; una procesión de rostros que cargan con el estigma de la invisibilidad impuesto por empresas que ven en Michoacán no un territorio, sino un yacimiento de ganancias. Estos sujetos, desplazados por la carencia estructural, provienen principalmente de Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Son el motor de una industria que presume modernidad en sus etiquetas, pero que opera bajo una lógica predatoria: exprimir hasta la última gota de sudor del migrante y el último nutriente de la tierra.
Mientras los jornaleros eventuales dejan su salud en los surcos, las empresas extraen el agua y los minerales del suelo para exportar melones de calidad premium, es una ficción de progreso donde el capital privado se apropia de la riqueza natural sin devolver dignidad a quienes la trabajan. Para estas corporaciones, la tierra no es el hogar de nadie, sino un recurso agotable que se abandona una vez que ha sido succionado por completo.
Resulta una paradoja lacerante que el éxito comercial de estas firmas dependa de mantener al trabajador rural en el escalón más bajo de la existencia; es, quizás, la forma más cínica de deshumanización social. No se trata solo de un intercambio laboral, es un proceso de despojo donde se exporta vida michoacana y se importa precariedad interestatal.
Este mapa del despojo no se agota en las áridas tierras del Balsas; se extiende como una red de nervaduras que succiona la vitalidad de Michoacán en puntos estratégicos diferenciados por el fruto y la temporada: desde las plantaciones de melón en Huetamo y San Lucas, las hortalizas en el bajío de La Piedad, la cosecha de berries en Zamora y Jacona, el corte de limón en Apatzingán, la recolección de aguacate en la franja de Uruapan y Tancítaro o la caña en Pedernales, Taretan y zona de Los Reyes. Cada enclave impone su propia temporalidad: algunos grupos llegan para una campaña relámpago de tres meses, mientras otros extienden su estancia hasta el semestre, dependiendo del ciclo biológico del producto que la empresa ha decidido mercantilizar. Al terminar la cosecha estos sujetos retornan a sus comunidades de origen, cargando en sus cuerpos el desgaste de una riqueza que solo vieron pasar de largo.
El retorno, sin embargo, no representa el fin del ciclo, sino una pausa en la trama circular de la precariedad. Estos migrantes regresan a sus hogares solo para esperar que la necesidad los empuje de nuevo hacia el norte, en un movimiento pendular que las empresas han sabido capitalizar para evitar cualquier asomo de antigüedad o derecho laboral.
Mientras el Estado no consolide un Sistema Estatal de Cuidados y mecanismos de auditoría social que vigilen a estas corporaciones, la migración seguirá siendo una huida hacia adelante. No podemos permitir que la identidad de Michoacán como potencia agroexportadora se siga cimentando en la invisibilidad de quienes, por 90 o 180 días, se vuelven los «cuasi-sujetos» que sostienen nuestra mesa, pero no tienen lugar en nuestra justicia. El bienestar colectivo demanda que dejemos de ver al migrante como una herramienta desechable y comencemos a reconocerlo como la hebra más sufrida, pero más digna, de nuestra propia historia rural.
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