José Guadalupe Bermúdez Olivares
Era el año 2004, pasaban los meses y la oscuridad estaba llegando, mi problema de vista parecía no tener solución. En el ISSSTE, como para miles de mexicanos, la espera para una operación era una carrera contra el tiempo y la burocracia, donde la luz se desvanecía sin certezas. Entonces, llegó a mi vida una oportunidad que parecía fabulosa, casi increíble: irme a operar a Cuba completamente gratis, con el boleto de avión incluido.
Recuerdo la mezcla de esperanza y escepticismo. ¿Por qué? ¿Qué motivaba que un país ofreciera algo así? No pude evitar preguntar las razones de tanta solidaridad. La respuesta que recibí no fue un discurso político, sino una explicación cargada de humanidad que me conmovió profundamente: se trataba de la solidaridad concreta y real que Cuba, con su medicina, y Venezuela, con el soporte logístico, habían decidido brindar a miles de personas como yo, personas a quienes el sistema, en sus grietas, había dejado atrás. No era una ayuda, era un acto de justicia. Así, con esa claridad y una emoción que aún hoy recuerdo, me inscribí para ir a Cuba. Ya no era solo un paciente en espera; era el rostro de una colaboración entre naciones que, reconociendo sus propias dificultades, priorizaron aliviar el sufrimiento ajeno.
Mi viaje hacia la luz no fue en solitario. Lo recuerdo con nitidez: en mi grupo íbamos 80 personas. De ellas, unos 70 no veían absolutamente nada, sumidos en una oscuridad total. Yo, que aún conservaba parte de la vista, me convertí de pronto en sus ojos auxiliares. Me tocó participar en la organización y, con un cuidado extremo, asegurarme de que todos se tomaran de la mano para formar una fila india que avanzaba lenta pero segura, unidos por la esperanza y la necesidad. Éramos un microcosmos de México: personas de muchos municipios de Michoacán y un alto porcentaje de la Ciudad de México, entonces llamado Distrito Federal. Jóvenes y adultos, historias de todo el país entrelazadas por un mismo anhelo que nos hermanaba: la esperanza de, por fin, ver bien.
Al llegar a Cuba, encontramos refugio en las residencias de Villa Tarará, a la orilla del mar. Era un lugar de paz, donde el sonido de las olas acariciaba nuestra expectativa. Muy cerca estaban los hospitales y las grandes carpas blancas donde, como en un mosaico vivo de América, cientos de personas de muchos países nos congregábamos con el mismo objetivo. La eficiencia y el corazón de la operación eran palpables: la juventud cubana, perfectamente organizada, nos guiaba en cada paso, y luego éramos recibidos por los equipos de enfermeras, cuya calidez humana era el primer bálsamo que recibíamos. Su cuidado meticuloso y su trato afable disipaban cualquier temor, haciendo tangible desde el primer momento esa solidaridad concreta de la que me habían hablado.
Para atendernos, el proceso fue un modelo de logística solidaria. Primero nos organizaron en grupos para el diagnóstico, y luego en nuevos grupos para precisar quiénes irían a un hospital y quiénes a otro. Era un trabajo meticuloso que tomaba una o dos semanas, hasta que por fin, uno a uno, llegamos a la ansiada operación. Tras ser intervenidos, los jóvenes cubanos nos llevaban nuevamente de la mano, con una paciencia infinita, de regreso a Tarará para recuperarnos.
Y entonces, en la sencillez más absoluta, ocurrió el milagro. Lo demás era enormemente sencillo: sentados con la vista hacia el mar, uno a uno fueron viendo. Lo sabíamos, no porque lo viéramos, sino porque se escuchaba el grito que estremecía el alma: «¡Veo, veo, veo!». Era más que una exclamación; era el grito de júbilo de una vida restaurada, el estallido de quien por fin podía mirar la luz, el azul del cielo, el verde de las palmas y el infinito del mar. Los demás, aún esperando su turno o ya con los ojos abiertos, aplaudíamos de gusto, con lágrimas en los ojos, compartiendo cada triunfo como propio. Uno a uno, en una cadena de emociones puras, hasta que los 80 estuvimos listos. Habíamos llegado ciegos y nos íbamos viendo, no solo con los ojos, sino con el corazón agradecido para siempre.
Esta es la esencia de la Misión Milagro, un proyecto donde Cuba y Venezuela unieron sus esfuerzos en un acto de solidaridad Sur-Sur sin precedentes. Mientras Cuba aportaba su expertise médico, su tecnología y la formación de especialistas, Venezuela financió los costos de los aviones que trasladaron a miles de pacientes desde sus países de origen. Juntos hicieron posible que personas de escasos recursos de México y de otros 17 países de América Latina y el Caribe recibieran este regalo de luz. Mas de 65 mil personas volvieron a ver.
La colaboración entre estas dos naciones, a pesar de sus propias dificultades, ilumina un camino distinto en las relaciones internacionales: uno donde la medicina y la humanidad se entrelazan para defender el derecho universal a la salud. Ellos no solo me devolvieron la vista; me mostraron que la verdadera solidaridad tiene nombre, apellido y ojos que, gracias a su generosidad, pueden volver a ver el mundo. Por eso, mi gratitud hacia Cuba y Venezuela es eterna. Ellos convirtieron una política de cooperación en el milagro cotidiano y conmovedor de devolver la esperanza a quien la había perdido.
Aunque no hubiera recibido el apoyo que describo, mi apoyo será siempre para el pueblo de Cuba. Su solidaridad es sin límites y merecen reciprocidad.
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